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2 de febrero de 2015

Amada Cruz


“Amada mía, la Cruz bien soportada y
ardientemente deseada, hace distinguir bien a
los predestinados de los réprobos, los cuales
son tan recalcitrantes a todo padecimiento.
Sepas que en el día del Juicio Universal, los
amantes de la cruz, al verla aparecer, oh
cuánto se alegrarán, mientras que los réprobos
serán heridos y asaltados por un horrible
espanto.
Desde ahora, amada mía, se puede sin
duda aseverar si alguien deberá ser uno de los
salvados o eternamente perdido, pues si al
presentarse la cruz, la abraza y Me sigue con
resignación y paciencia y de cuando en
cuando la besa, dando gracias Al que se la ha
enviado, es señal evidente y más que segura
de estar en el número de los salvados; pero si
por el contrario, al presentarse la Cruz, la
persona se irrita, la desprecia y quisiera a toda
costa sustraerse a ella, Cruz ya merecida a
causa de sus perversidades, puede tenerse
como señal cierta de que camina por la vía del
infierno.
Y así, los réprobos, si a vista de la Cruz me
ofenden en vida, en el día del Juicio más que
nunca blasfemarán de mí al ver aparecer la
Cruz, que les infundirá eterno terror.
La Cruz además, hija mía, es el distintivo
del verdadero cristiano. Ella lo dice todo
porque como un libro abierto hace distinguir
con claridad y sin ningún tipo de engaño, al
santo del pecador, al perfecto del imperfecto,
al fervoroso del tibio.
La Cruz, además comunica a quien está
bien dispuesto, una luz tal, que desde ahora no
solo hace distinguir al bueno del culpable y
hace conocer también quién deberá ser más o
menos glorioso en el Cielo y quién deberá
ocupar en él un puesto más o menos
eminente.
Fuera de esto, todas las virtudes ante la
excelencia de la Cruz, se vuelven sumisamente
humildes y reverentes; ¿y sabes cuándo
adquieren mayor lustre y esplendor?, cuando
están bien acopladas con ella”.

Jesús a Luisa Piccarreta.
"Divina Voluntad"
 
 

27 de octubre de 2014

Místico y razonable?


 

A primera vista, a nadie se le antoja que místico sea una persona razonable… o bien que una persona muy razonable, vaya a ser mística. Juan de la Cruz, místico, maestro de espíritu y letras y poeta inmenso, viene a decir que sí, que lo místico y lo razonable están muy unidos. Y que la «sabiduría mística» lleva al amor, al tiempo que libra de ignorancias.
Juan habla de «obras misteriosas», porque misteriosos son los caminos del espíritu y misterio es Dios, término amado del camino. Y se descubre a sí mismo, y a cada ser humano, en Dios. Cada persona –dirá en Cántico– «tiene su vida en Dios» y forma parte de ese misterio insondable de amor que Él es.
Explica, también, que la fe y el amor, cuando son auténticos, abren una fuente de sabiduría que ilumina la vida y por eso dice: «La sabiduría mística (la cual es por amor…) no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle». Pero eso no significa –dice– que se pueda prescindir de la razón para vivir y crecer en el Espíritu, para sumergirse en el misterio.
Va a insistir en lo que importa avanzar, no quedarse atrapado o enredado en nada de lo que se es, se tiene o se encuentra por el camino –«ni eso ni esotro», dirá repetidamente–, sino que hay que andar superando la primera capa de todo, que es «el sentido» y dejarse mover por algo más profundo, «el espíritu».
Pero añade, enseguida, algo capital: el ser humano «ha de ir con todo a Dios». Ese todo incluye el mundo de los afectos y de las inclinaciones personales y, a la vez, toda la racionalidad de la persona. La gran capacidad humana de discernir y aprender, de descubrir y lograr, de pensar. Esa valía que le hace decir que «un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo». Ambas cosas han de ir ordenándose en la persona y ambas son necesarias.
Juan no ata, ni por un lado ni por otro. Entiende que cada quien debe recorrer el camino «según su modo y caudal de espíritu». Sabe que la cosa mística no es un asunto de esquemas y estudios, sino una cuestión de comunicación. Un Dios que «está escondido en lo íntimo del alma», que siempre se comunica y se adelanta en la presencia y en el amor. Y un ser humano que tiene «capacidad infinita» para relacionarse con Él, para adentrarse en el misterio y para realizar la plenitud de vida compartida.
Si la experiencia mística es una experiencia de comunicación y para ello, lo necesario es armonizar y conjugar bien todo y andar con fe, ¿por qué, entonces, reclama Juan con tanta fuerza, atenerse a «la razón y doctrina evangélica»?
Es porque ha visto cuánta confusión hay en gentes buenas y espirituales. Unos porque piensan que «a pura fuerza y operación del sentido, que de suyo es bajo y no más que natural, pueden venir y llegar a las fuerzas y alteza del espíritu sobrenatural» y otros porque «tienen tanta paciencia en esto del querer aprovechar, que no querría Dios ver en ellos tanta».
Si al maestro místico le preocupó la insensibilidad para el misterio, que es –en definitiva– vivir como en letargo, anestesiados para el amor y entumecidos de corazón, todavía le preocupó más que, al despertar, se perdiera la razón, el espíritu de discernimiento y contraste. Porque entonces el ser humano se incapacita a sí mismo para crecer.
Por eso reclama: «Nos habemos de aprovechar de la razón y la doctrina evangélica… y en todo nos habemos de guiar por la ley de Cristo hombre»; y recuerda que «no quiere Dios que ninguno a solas se crea para sí las cosas que tiene por de Dios», debe compartirlas con otro igual para comprender mejor la verdad y no caer en el autoengaño.
Así intenta Juan recuperar al ser humano completo y ayudarle a vivir desde lo mejor y más profundo de sí. Es a esa persona iluminada y restablecida, a la que le puede insinuar la experiencia mística de Jesús y decirle: «¡Bienaventurado el que, dejado aparte su gusto e inclinación, mira las cosas en razón y justicia para hacerlas!».
Para mirar con razón y justicia –dirá el maestro– hay que limpiar los ojos y estos «se limpian e iluminan solo con amor». Por eso añade que, decir «bienaventurados es tanto como decir "enamorados", pues que la bienaventuranza no se da por menos que amor».
Es una experiencia profunda que echa raíz en el evangelio y sube hasta las cimas humanas. Y será una experiencia mística con mil modos diferentes de realizarse, sublimes y ordinarios, pero Juan la liga, en todo caso, a las bienaventuranzas evangélicas: a tratar a los demás como se quiere ser tratado, para echar raíces, y a llegar a la cima como decía Jesús:
«Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te hiera en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quite el manto, no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te lleva lo tuyo, no se lo reclames».
¿Qué vivencia del misterio puede alumbrar semejante modo de vivir? ¿Qué luz tan clara puede inundar la razón humana para ver así? ¿Qué experiencia mística podría ser más profunda?... 

Dejá tu opinión! vale mucho! gracias!

20 de octubre de 2014

Escándalo y necedad?...o un gran Amor...

«Cargar con la cruz» significa hacer el mismo camino que Jesús y ello comporta tres grandes exigencias: el discípulo debe, en primer lugar, negarse a sí mismo, es decir, convertirse de raíz, renunciando a sus propios criterios humanos para asumir los criterios de Dios, que no pocas veces trastocan nuestros juicios y valoraciones. En segundo lugar, debe proyectar su vida en términos de donación, no de posesión; el que apuesta toda su existencia por el tener queda empobrecido en el ser; sólo una vida de entrega y solidaridad es vida en plenitud, porque en su entramado más profundo el hombre está hecho de amor. El discípulo, en tercer lugar, debe testimoniar valientemente su fe, incluso cuando ello le acarree burlas, ultrajes y persecuciones; la fe es una fuerza que ha de regir toda la existencia del cristiano, y no es posible deshacerse de ella a la hora de la prueba.

La cruz, la auténtica, siempre ha sido y será escándalo y necedad. Sólo los humildes y los crucificados pueden entenderla. Y quien la entienda y la viva será el auténtico cristiano.


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Gracias! Bendiciones!!!

9 de octubre de 2014

A Cristo doliente... a Cristo crucificado...


No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor de tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
porque, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera.
 
 
 

30 de septiembre de 2014

Una cruz a la medida


 

Se cuenta que un hombre caminaba por el rumbo de la vida cargando su cruz sobre sus hombros. De repente se le apareció un señor muy imponente, vestido con un extraño traje rojo, que le dijo:
—Pero, hombre, ¿qué estás haciendo con semejante cruz encima? No tiene sentido. ¿Por qué no le cortas un poco los extremos, y así la carga se te hará más liviana?
El hombre, luego de pensarlo por un breve momento, creyó que ésa era una buena idea para evitar tanto esfuerzo. Fue así que limó los extremos de la cruz y siguió caminando.
A los pocos metros, el señor de rojo se hizo presente otra vez.
—Pero, ¿no oíste lo que te dije, amigo? No la has achicado casi nada. Córtale las puntas un poco más. Estás arrastrando una cruz demasiado pesada pudiendo sacrificarte menos para llevarla. ¡No seas tonto!
Y el hombre esta vez cortó los extremos de la cruz. Sintiéndose ahora un poco más aliviado, continuó su camino. Ya el tamaño de la cruz había disminuido notablemente y el hombre podía cargarla con más comodidad.
Al poco tiempo de avanzar, el señor de rojo volvió a cruzarse ante él y le insistió:
—Vamos... Córtale los extremos todavía más. Mientras más chica sea la cruz, menos va a costarte llevarla.
Entonces el hombre se detuvo y volvió a cortarle los extremos, hasta que pudo cargarla con una sola mano.
Siguió caminando y, a medida que avanzaba, pudo divisar una gran luz blanca al final del camino. Cuando llegó a este punto vio que Dios le estaba aguardando.
—Bienvenido, hijo mío, al umbral de la Gran Puerta del Paraíso.
—Pero, Dios... ¿Dónde está la puerta, que no la veo?
Y el Señor, con su dedo índice apuntando hacia arriba, señaló una puerta en lo alto y le dijo:
—Es aquella que está allá en las alturas. ¿La ves ahora? Bueno, para entrar sólo debes abrirla.
Evidentemente, abrir la puerta no era el inconveniente, pero sí lo era alcanzarla.
—Pero, Señor, ¿cómo hago para subir tan alto?
—Para eso tienes la cruz. Debes apoyarla sobre esta pared y así podrás escalar hasta la puerta. Esta cruz que has estado cargando durante toda tu vida tiene la medida exacta para que llegues a la Puerta del Cielo. De otra forma es imposible.
—Pero, Señor, ... Es que mi cruz ya no tiene ese tamaño. Yo le hice caso a un señor de traje rojo que durante todo mi camino estuvo acechándome, tratando de convencerme para que yo mismo me facilitara las cosas. Y me convenció, así que hice mi carga más liviana por consejo de él.
—Ay, hijo mío... Te has dejado tentar y mira ahora lo que te ha pasado. ¿Te das cuenta que al final de todo las malas influencias terminan perjudicándote?

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24 de septiembre de 2014

Privilegiado!


Pocas veces pensamos que somos privilegiados cuando el Señor nos da una parte de su cruz. También Simón de Cirene, el Cireneo que ayudó a llevar la cruz de Jesús, fue un gran privilegiado. ¿Quién fue uno de los que mejor entendió el padecimiento de Cristo, sino Simón de Cirene, que tuvo que soportar el peso de la Cruz de Jesús, los gritos de la gente, los insultos, que también habrán sido dirigidos a él? Y cuando el Señor fue desvestido, Simón habrá caído en la cuenta de lo tremendo que era el sufrimiento de Jesús, porque si a él, que estando fuerte y sano, le costó tanto subir con la cruz el camino escarpado del Calvario, ¡qué no habrá sufrido el Señor al tener que llevar esa pesadísima cruz a cuestas, a pesar de todo lo lastimado y llagado que se encontraba!
Y después, Simón, quedando en el corazón de la escena de la Salvación del género humano, habrá contemplado con qué grandeza el Señor moría en la cruz. Y fue por “casualidad” que Simón de Cirene pasaba por allí. Y sin embargo quedó en el centro y corazón del misterio de la Redención, y tuvo el privilegio –y fue el único hombre- de cargar la cruz de Jesús y entrar en contacto con la Sangre divina de que estaría bañada la cruz, pues Jesús tenía una llaga muy dolorosa en su hombro, donde apoyaba la cruz.
Los caminos de Dios son misteriosos, y si tenemos confianza en Dios, veremos cosas grandes en nuestras vidas, y cuando menos lo esperemos, seremos llevados muy adelante en el camino de la santificación, y muy adentro del Corazón de Jesús.



Amén

 

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23 de septiembre de 2014

Bendita sea la Cruz!



¡Bendita sea la cruz que nos une al Señor,
y nos hace acumular tesoros en el cielo!
¡Bendita sea la cruz que nos transforma,
y nos hace sensibles al sufrimiento de los demás!
¡Bendita sea la cruz....
que nos enseña a ser verdaderos cristianos!

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19 de septiembre de 2014

La visión de Sor Faustina

Mediante una visión, Sor Faustina vino a saber que Dios bendecía la tierra en atención a su Hijo. Escribió: "Vi una gran luz con Dios Padre en el centro. Entre esta luz y la tierra vi a Jesús clavado en la Cruz de tal forma que Dios, deseando mirar hacia la tierra, tenía que hacerlo a través de las heridas de Nuestro Señor"

 

Hermoso verdad?

A Ella le gusta mucho esta oración

18 de septiembre de 2014

Cuando el día termina...

"Dame un corazón sencillo Jesús,

 que no desprecie el regalo de la cruz;

 que sea manso,

 que no busque aparentar,

 transparente, que tu lo puedas moldear..."